A veinte minutos de Artenara
Quien sube desde Artenara por la sinuosa GC-216 llega, al cabo de unos veinte minutos, a otro mundo. A más de 1.200 metros de altitud, el olor a resina, el reclamo de los pájaros carpinteros, una alfombra de pinocha bajo los pies: el Pinar de Tamadaba. Unas 2.000 hectáreas de pinar, dentro de un parque natural de 7.500 hectáreas que se extiende de las cumbres a los acantilados y forma parte de la Reserva de la Biosfera de la Unesco.
Es uno de los pinares más sanos de Canarias. Y uno con una historia poco común.
El árbol que rebrota del tronco
La estrella de este bosque es un endemismo: el pino canario. No crece de forma silvestre en ningún otro lugar del mundo. Y posee una capacidad que lo hace casi único entre los pinos: sobrevive al fuego.
Otras coníferas mueren cuando arde su copa. El pino canario no. Tras un incendio pierde todas las acículas, queda negro y aparentemente muerto — y luego rebrota directamente del tronco carbonizado. Tres adaptaciones lo hacen posible: una corteza extraordinariamente gruesa, que puede alcanzar los 18 centímetros y figura entre las más gruesas de todo el género Pinus. Yemas durmientes bajo esa corteza, las llamadas yemas epicórmicas, que se activan en caso de necesidad. Y reservas de carbohidratos acumuladas, con las que el árbol alimenta el rebrote.
El investigador forestal José Climent ha estudiado estos mecanismos. Su explicación sobre la evolución de este rasgo resulta tan convincente como inquietante: la abrupta orografía insular, con sus barrancos profundos, actúa durante los incendios como un sistema de chimeneas. Sin la facultad de rebrotar, sostiene Climent, incluso los árboles más altos terminarían por sucumbir.
Lo que mostró el incendio de 2007
Gran Canaria ha comprobado hasta qué punto funciona. En el verano de 2007, un grave incendio forestal arrasó unas 18.000 hectáreas de la isla. Dos años después el pinar volvía a reverdecer. A los cinco años parecía que nunca hubiera ardido.
Conviene, sin embargo, una precisión que suele perderse en el entusiasmo. El árbol individual rebrota deprisa — los especialistas hablan de unos cuatro meses. El bosque como ecosistema necesita bastante más: en torno a diez años para regenerarse de verdad. Y la palabra «resistente» induce a error. El pino canario supera incendios de intensidad moderada. En fuegos extremos también él puede morir.
Por qué importa justo ahora
Este verano ha recordado a las islas la gravedad de la situación. Durante la ola de calor que terminó apenas esta semana, en Gran Canaria estuvo vigente la alerta por riesgo de incendio forestal; en Tenerife el Cabildo amplió las medidas extraordinarias de prevención — prohibición de fuego al aire libre, nada de barbacoas, prohibición de fumar en los senderos. El pino canario está adaptado al fuego. Pero adaptación no es invulnerabilidad, y unos incendios más frecuentes y más intensos cambian el cálculo.
La cara incómoda: un bosque demasiado denso
Y existe además un debate que rara vez aparece en las guías de viaje. El pino canario cubre hoy más de 77.000 hectáreas de Canarias — más que cualquier otra formación vegetal, alrededor del 60 por ciento de la superficie forestal. Pero ese predominio no es obra únicamente de la naturaleza.
A mediados del siglo XX, Gran Canaria y Tenerife arrastraban siglos de presión sobre el monte: deforestación, carboneo, ganadería intensiva. El franquismo puso entonces en marcha grandes campañas de repoblación forestal — también con la idea de crear una industria maderera. Aquella política quedó, en muchos lugares, a medio camino.
Hoy los especialistas advierten de que los pinares de Tenerife presentan en algunos puntos hasta cinco veces la densidad de su estado natural. Las masas demasiado densas suponen más combustible, árboles que compiten entre sí, menos sotobosque. El bosque de Tamadaba también fue repoblado y regenerado en el siglo XX. Que hoy se considere sano es una buena señal — pero recuerda que un pinar en Canarias es siempre, además, un paisaje moldeado.
El bosque de Canarias, desde hace siglos
Pocas plantas han sido tan aprovechadas por los habitantes de las islas. Los aborígenes comían los piñones. Del duramen saturado de resina, la tea, los canarios obtenían una madera casi incorruptible para vigas, balcones, lagares y barcos; las astillas encendidas servían de antorcha. De la corteza se hacían boyas para los pescadores; de la resina, brea para calafatear las embarcaciones.
El árbol mismo es un fósil viviente cuyos antepasados se remontan al Jurásico. Tiene parientes en el Mediterráneo y, sorprendentemente, en el Himalaya.
Lo práctico para la visita
Tamadaba no es un secreto, aunque a veces se lo presente así: es uno de los destinos naturales preferidos por los grancanarios. Se accede por Artenara (GC-216) o, desde la costa, por Agaete y La Aldea de San Nicolás (GC-200).
En pleno corazón del pinar, a unos 1.200 metros, se encuentra la zona de acampada y barbacoa de los Llanos de La Mimbre, con capacidad para unas 400 personas; pernoctar y acampar solo es posible con autorización previa del Área de Medio Ambiente del Cabildo de Gran Canaria. Desde allí parten senderos, como la subida al Pico de la Bandera o la clásica Ruta de San Pedro, de unos 20 kilómetros, con sus vistas sobre Agaete.
El parque está considerado, además, la principal zona de escalada deportiva de Gran Canaria: unas 400 vías repartidas en 16 sectores sobre paredes de basalto gris. La escalada requiere permiso del órgano gestor del parque — el Plan Rector de Uso y Gestión (PRUG) regula las actividades permitidas en su interior.
Y quien tenga suerte verá en las copas al pinzón azul de Gran Canaria: un ave escasa que no podría existir sin este bosque.
Conviene saber: normas del parque
Acampar y pernoctar en los Llanos de La Mimbre solo es posible con autorización previa del Área de Medio Ambiente del Cabildo de Gran Canaria. La escalada exige un permiso aparte del órgano gestor del parque. Cuando hay alerta por riesgo de incendio, rigen además prohibiciones de fuego y de fumar — en caso de duda, conviene consultar el estado actualizado con el Cabildo antes de desplazarse.