Cuando se habla de inteligencia artificial y de superordenadores, casi nadie piensa primero en una isla atlántica conocida sobre todo por sus playas y un volcán. Pero justo allí, en el polígono industrial de Granadilla de Abona, en el sur de Tenerife, se está gestando una instalación de cálculo que podría corregir la imagen de la isla. Lleva el nombre de «Centro de Supercomputación del Atlántico».
Qué pasa realmente — y qué no
Primero, la contextualización, porque los titulares que circulan son imprecisos. No es que un grupo alemán haya inaugurado esta semana una «fábrica de IA» terminada. En realidad, el Cabildo de Tenerife, a través de su instituto tecnológico ITER, culminó a finales de mayo la primera fase del procedimiento de adjudicación y presentó el proyecto. Se trata, por tanto, de una iniciativa en marcha, no de una inauguración. Tampoco la muy citada cifra de «500 empleos» aparece en el comunicado oficial del instituto; procede de informaciones de medios concretos y debe tratarse con cautela.
Lo que sí está claramente documentado es la financiación: la primera fase está presupuestada en 5,5 millones de euros y crecerá hasta los 10 millones a lo largo del proyecto. También aquí algunas informaciones difieren con sumas muy superiores — lo determinante es el dato del promotor del proyecto.
El papel del socio alemán
De especial interés para nuestros lectores: el centro se desarrolla en un modelo público-privado junto con la empresa tecnológica alemana Bechtle, presente en 14 países y con más de 16.000 empleados. Bechtle es el socio tecnológico especializado que aporta las soluciones de alto rendimiento — no, como se ha presentado de forma simplificada, el operador que inaugura un centro propio. La fuerza motriz y la futura ubicación es el instituto insular ITER.
Qué puede hacer la máquina
Y técnicamente el proyecto es ciertamente impresionante. El nuevo ordenador debe alcanzar una potencia de 1,3 a 1,4 petaflops — en términos sencillos, más de mil billones de operaciones por segundo, lo que equivale a la capacidad de unos 450 potentes ordenadores de oficina funcionando a la vez. Combina procesadores convencionales con tarjetas gráficas de alto rendimiento (cuatro nodos con ocho tarjetas NVIDIA H200 cada uno), de las que se necesitan para entrenar modelos de IA, y ofrece unos cinco petabytes de almacenamiento. Junto con las instalaciones ya existentes TeideHPC y ANAGA — Tenerife opera superordenadores desde 2013 — debe convertirse en el quinto ordenador más potente de España, con opciones de entrar en la lista mundial Top 500.
Un detalle que encaja bien con las islas: la instalación debe funcionar al 100 por ciento con energía renovable y ocupar menos espacio que el antiguo TeideHPC, con mayor potencia y eficiencia.
Para qué debe servir todo esto
Tras el prestigio hay una idea económica: Tenerife quiere alejarse de la imagen de consumir tecnología solamente y convertirse ella misma en sede de investigación, patentes y empresas tecnológicas — parte de una estrategia de diversificación económica más allá del turismo. En concreto, universidades como La Laguna y Las Palmas, así como centros de investigación, deben poder ejecutar en horas tareas de cálculo que hoy llevan meses: en climatología, genómica, biomedicina, astronomía o producción audiovisual. El instituto recuerda, no sin orgullo, que durante la pandemia fue uno de los cinco centros de España capaces de analizar variantes del coronavirus.
El balance
Queda el balance sobrio. «Hub tecnológico del sur de Europa» es por ahora una aspiración, no un estatus alcanzado — y esas etiquetas acompañan a casi todo gran proyecto. Lo realista: Tenerife se apoya en más de una década de experiencia en supercomputación y la amplía ahora de forma apreciable, con un socio alemán sólido y un suministro de energía verde como auténtica ventaja de localización. Si de ahí surge el ansiado imán para proyectos tecnológicos internacionales se decidirá solo en los próximos años. Pero el paso es real — y muestra que Canarias puede ser más que un decorado de vacaciones.