Es un dato que al principio suena contradictorio: en febrero, Tenerife comunicó sus mejores reservas de agua en seis años y el 1 de marzo levantó la emergencia hídrica vigente desde mayo de 2024 — mientras en Gran Canaria algunos municipios empiezan el verano con cortes de agua. Las dos cosas son ciertas. Y juntas forman la imagen real: Canarias no tiene una simple sequía que desaparece con la próxima lluvia, sino un problema estructural. Hablar de «reservas que se agotan» cuenta, por tanto, solo una parte.

La buena noticia: el invierno lluvioso ayudó

Empecemos por el alivio. El invierno de 2025/26 trajo precipitaciones muy por encima de la media. En Tenerife, las reservas de agua subieron por ello un 146 por ciento respecto al mínimo y se sitúan ahora en torno al 70 por ciento de la capacidad — la cifra más alta en seis años. Las balsas del sur seco de la isla están en parte llenas a más del 90 por ciento: Granadilla al 99, Guía de Isora al 97, Fasnia al 92 por ciento. El Cabildo declaró oficialmente terminada la emergencia. Hace apenas un año, la presa de Los Realejos estaba al uno por ciento — el contraste difícilmente podría ser mayor.

La mala noticia: el problema de fondo permanece

Pero unos embalses llenos son una foto fija, no un problema resuelto. Un estudio recién presentado a principios de junio por la Universidad de La Laguna llega a una conclusión clara: el agua disponible en Canarias disminuirá de forma progresiva a lo largo del siglo — por el aumento de las temperaturas, una mayor evaporación y unas precipitaciones que, en el mejor de los casos, se mantienen estables. Un único invierno húmedo no cambia eso.

Las cifras de la Agencia Canaria del Ambiente lo respaldan. Las precipitaciones medias están un 19 por ciento por debajo de la media de los últimos treinta años, lo que supone un déficit de casi 400 millones de metros cúbicos de agua. Al mismo tiempo, el consumo doméstico creció un doce por ciento en 2025 — impulsado por una población que aumentó un 7,5 por ciento y por 18 millones de turistas. A ello se suma una fuga propia: alrededor del 30 por ciento del agua se pierde en redes deterioradas antes de llegar. Y más del 80 por ciento de los recursos procede de acuíferos sobreexplotados durante décadas y cada vez más salinizados.

Por qué Gran Canaria está en otra situación

Que la situación varíe según la isla tiene razones geográficas. En Gran Canaria, el agua de mar desalada —de alto coste energético— apenas llega a los núcleos más altos: por encima de la «cota 300», la curva de nivel de los 300 metros, no llega agua desalada. Municipios como San Mateo y Firgas recurrieron por ello a cortes de verano para asegurar el suministro. Es menos una cuestión de cantidad total que de distribución y de altitud.

La disputa que arde por debajo: ¿quién consume el agua?

Y con ello, a la pregunta políticamente más delicada que resuena en todo debate canario sobre el agua: ¿tiene la culpa el turismo? La respuesta depende de a quién se pregunte — y, honestamente, no hay una sencilla.

Las autoridades del agua rechazan la simplificación. El gerente de un consejo insular de aguas dejó claro que el turismo «no resta recursos al resto de sectores». Las organizaciones ecologistas lo ven de otro modo: la Fundación Canarina calcula que un turista consume en Tenerife entre 300 y 500 litros al día, mientras que el consumo local por persona ronda los 140 litros — y critica los campos de golf, los parques acuáticos y los hoteles como consumidores excesivos. Ambas cifras pueden ser ciertas y aun así llevar a conclusiones opuestas: el turismo no es la única causa de la escasez, pero aumenta la presión sobre un sistema ya tensionado — justo la tensión que también está detrás de las protestas del movimiento «Canarias tiene un límite».

Qué planea la Administración

Nadie está de brazos cruzados. El Gobierno regional aprobó en octubre de 2025 el plan «Agua 2030», que se sostiene en tres pilares: más desalación, riego agrícola más eficiente y reutilización sistemática del agua. Se construyen nuevas desaladoras, por ejemplo en Fuerteventura. Para la agricultura, que sufre especialmente las restricciones y la subida del precio del agua, se destinaron en dos años 7,9 millones de euros de ayudas por sequía para más de 3.000 explotaciones; al mismo tiempo rigen topes de riego y tarifas progresivas. Los «daños multimillonarios» que invoca el titular no pueden, sin embargo, acreditarse en esa cifra concreta — lo documentado son ayudas y sobrecostes de millones, además de advertencias generales sobre consecuencias económicas, no una cantidad cifrada en miles de millones.

💡 Qué significa para los residentes A la mayoría de los hogares no les amenaza una crisis aguda de suministro en 2026 — las islas grandes están en una situación sólida gracias al invierno lluvioso. Pero pueden verse afectados:
  • Quien viva en núcleos más altos de Gran Canaria (por encima de la «cota 300»): posibles cortes de verano.
  • Quien trabaje en la agricultura: topes de riego y subida del precio del agua.
  • Todos a largo plazo: el uso responsable sigue siendo necesario — un invierno húmedo es un respiro, no una solución.

La conclusión

La paradoja hídrica canaria puede resumirse, al final, en una frase: el cielo ha concedido a las islas un respiro, pero el problema de fondo — una demanda creciente en un archipiélago con un agua escasa por naturaleza — sigue sin resolverse. Unos embalses llenos son un buen día. Todavía no son una solución.

Preguntas frecuentes

¿Se enfrenta Canarias a un colapso del agua en 2026?
No, al menos no de forma aguda. Tenerife incluso levantó la emergencia, con reservas tan altas como no se veían en años. Pero el problema estructural — disponibilidad a la baja frente a una demanda al alza — permanece.
¿Por qué hay entonces cortes de agua en Gran Canaria?
Por razones geográficas: por encima de la curva de nivel de los 300 metros («cota 300»), el agua de mar desalada apenas llega a los núcleos. Municipios como San Mateo y Firgas aseguran el suministro de verano mediante cortes. Es un problema de distribución, no de mera cantidad.
¿Tiene el turismo la culpa de la escasez?
Es objeto de disputa. Las autoridades del agua dicen que el turismo no resta agua a otros sectores. Los grupos ecologistas señalan 300–500 litros por turista y día frente a unos 140 de los residentes. El turismo sí aumenta la presión, pero no es la única causa.
¿Qué hace la Administración?
El plan «Agua 2030» (más desalación, riego más eficiente, reutilización), nuevas desaladoras y ayudas por sequía para la agricultura (7,9 millones de euros para más de 3.000 explotaciones en dos años).
¿Es cierto que amenazan daños multimillonarios?
No puede acreditarse una cifra concreta de miles de millones. Lo documentado son ayudas y sobrecostes de millones, además de advertencias generales sobre consecuencias económicas para el turismo y la agricultura.